En plena conmemoración del Viernes Santo, mientras muchos en la ciudad nos sumíamos en el silencio del recogimiento por nuestro señor Jesucristo, Junior decidió escenificar su propio viacrucis en el césped del Romelio Martínez. Lo que debía ser una noche de redención ante su gente para dar continuidad a una peculiar racha de victorias en el equipo, terminó convertida en una procesión de errores y desconcierto.
El Deportivo Cali, que llegó a Barranquilla cargando su propia cruz de 7 meses sin dos victorias consecutivas, encontró en la pasividad rojiblanca el perdón a todos sus pecados, llevándose un 1-2 que castiga al equipo de Alfredo Arias.
Mientras en nuestra tradición católica se conmemora las 14 estaciones donde Jesús cargó con las culpas y pecados del mundo hasta el sacrificio final donde nos demostró su amor hasta el extremo, el Junior de Barranquilla parece haber extendido su propio suplicio a lo largo de 15 fechas de liga, arrastrando una cruz de irregularidad y desidia sin que aparezca un redentor en la cancha o en el banquillo.
En este equipo sobran los pecados defensivos y la falta de jerarquía, pero falta también quien asuma la responsabilidad del castigo y pague por la orfandad de ideas que hoy desespera a la hinchada.
La procesión de errores ha sido larga, pero el juicio final se asoma este miércoles en el pretorio del Jaime Morón, allí, un Palmeiras implacable oficiará de juez y verdugo, listo para juzgar y castigar con rigor continental las falencias de un equipo que, de no despertar, terminará crucificado antes de tiempo en la Copa Libertadores.
La ‘ley del ex’ de Steven Rodríguez fueron los clavos en una noche donde Junior se mostró carente de alma. Es inaudito que un equipo con tales nombres transite el campo con esa pesadez de espíritu, permitiendo que un rival que no celebraba en Barranquilla desde 2021 le arrebatara los tres puntos con tan poco.
La defensa, con Peña a la cabeza, cometió pecados de soberbia y distracción que el conjunto azucarero no perdonó, exponiendo una vez más al equipo.
La entrada de Luis Fernando Muriel y su gol de penal sobre el final fueron apenas un alivio momentáneo, un intento de resurrección que llegó demasiado tarde.
Junior todavía está en zona de clasificación, sí, pero eso hoy es más un dato que una garantía; el equipo no transmite seguridad, y en el fútbol, cuando el rendimiento no respalda la posición, el riesgo es inminente, aunque en nuestro fútbol colombiano se evidencian algunos ‘milagros futbolísticos’ impresionantes por la irregularidad de los clubes.
La realidad es que somos equipo que sufre, que tropieza y que parece condenado a repetir su propio camino de errores. La duda está en si habrá resurrección futbolística o si este viacrucis se seguirá extendiendo más de la cuenta.












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