Cuando nací, Junior tenía cuatro estrellas. De la quinta, solo conservo fotos de bebé junto a algunos jugadores; de la sexta y la séptima, el recuerdo vivo de aquellos partidos con el fervor que me transmitió mi padre. La octava fue el desahogo en lágrimas y canticos tras años de sufrir como solo este equipo sabe hacerlo. La novena se recuerda por el consumo de uñas en la tanda de penales y la décima por el grito afónico tras la volea de Vladimir Hernández.
Ahora, con la undécima, vivimos por fin una final sin angustia, dando paso a una celebración desbordante que en otras ocasiones debió esperar hasta el último suspiro. Qué afortunado mi viejo y todos los que han visto más estrellas rojiblancas; yo solo espero disfrutar de un sinfín de campeonatos con este equipo amado que alegra navidades y adelanta el Carnaval en cada rincón de esta Barranquilla, procera e inmortal.
Esta undécima estrella tiene un sabor distinto porque la ganamos con una autoridad que no admite discusiones. Junior se adueñó de la edición 100 de nuestra liga colombiana con una valentía y una convicción que silenciaron cualquier duda.
Fue una final donde el hincha estuvo bajo la “tranquilidad del desesperado” hasta que árbitro Andrés Rojas pitó final del juego en Ibagué, y no por el drama del que fue incapaz de lograr Deportes Tolima, sino por celebrar el titulo en una final que se manejó al antojo de Junior luego de las verdaderas pruebas que se quedaron atrás en los cuadrangulares.
La historia recordará este título como el de la redención de Teófilo Antonio Gutiérrez Roncancio, quien a sus 40 años, entre risas escépticas y dudas de algunos, el “perfume” volvió para cumplir su promesa de ganar para llevar al equipo a la Copa Libertadores. Entró para manejar los tiempos, para dormir la pelota cuando quemaba y para demostrar que su jerarquía es eterna; pero si Teo puso la pausa, José Enamorado puso el vértigo.
El 10 de Junior en este torneo fue extraordinario, consolidándose como el mejor jugador del campeonato frente a un Tolima que, simplemente, no apareció ante la contundencia rojiblanca que hasta repitió alineación inicial en ambos partidos y finalmente colgó la estrella en el árbol de navidad.
Quizás no sea un plantel perfecto, pero es mucho más de lo que sus críticos se atreven a admitir a lo largo y ancho del país. Con una efectividad envidiable y una institución que sabe jugar finales, el equipo ha cumplido con creces la tarea local. Haber ganado 12 títulos de visitante de los 15 que reposan en la vitrina es una estadística demoledora que ratifica la grandeza. Sin embargo, el deber para 2026 queda claro y es prepararse para afrontar los partidos internacionales del próximo año en la Libertadores.
La jerarquía para competir en Colombia sobra; ahora, el objetivo debe ser volver a hacer ruido en el continente como en aquella Copa Sudamericana.
Desde hoy y hasta después del miércoles de ceniza, Barranquilla no va a parar de celebrar y ostentar ser los campeones de Colombia y como decía el narrador eterno, Edgar Perea, hoy más que nunca se grita con el alma: ¡Junior, tu papá!

