Hay partidos que terminan empatados en el marcador, pero derrotados en la sensación. El de Junior frente a Alianza pertenece claramente a esa categoría.
Lo del equipo empieza a cruzar la frontera de lo inexplicable para instalarse en el terreno de la desidia. No es nuevo, pero no por recurrente deja de ser preocupante, porque no se trata de accidentes futbolisticos o de una ‘mala noche’, cuando se dejan ver los errores que persiguen al proceso de Alfredo Arias.
Es incomprensible cómo un equipo con la jerarquía nominal de este Junior se enreda ante un colero que solo necesitó un par de errores ajenos para llevarse el punto.
Se reconoce que el equipo tiburón mostró por muchos momentos el control, generó situaciones y marcó primero, pero volvió a caer en un problema que se ha repetido demasiadas veces en este semestre: la incapacidad de cerrar los partidos cuando tiene la ventaja.
Un detalle, una desconcentración, una jugada aislada… y todo el trabajo previo pierde valor.
Se perdieron dos puntos en casa, dónde duele más, por errores propios y falta de definición, pero el problema de fondo es estructural. Junior es un equipo de «picos», se tienen momentos de brillantez ofensiva sostenidos por la calidad individual de jugadores que del medio hacia arriba se inspiran, pero con un retroceso defensivo que genera vértigo.
El penal a favor de Alianza es el retrato de la desconcentración; una pelota intrascendente que termina en una mano evitable, regalándole a la visita el oxígeno que no había buscado por mérito propio.
Ahora viene Atlético Nacional, herido de la eliminación por Sudamericana, pero que no admite las dudas exhibidas ante Alianza en el mismo Romelio.
En Barranquilla el paladar de los hinchas y la prensa es exigente, por lo tanto, este equipo aunque goza de una relativa ‘salud’ por la posición parcial en la tabla, está en deuda con las sensaciones.













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